Una taza de café

 

Se lo trajeron muy caliente, como a él le gustaba. Esta vez se habían esmerado y no venía en el sempiterno vaso de plástico, sino en una sencilla taza de loza blanca que potenciaba su sabor.

El primer sorbo le sorprendió, no era el habitual brebaje que les servían, sabía a libertad, a calles repletas y a atardeceres de otoño en compañía. Esa sensación se apoderó de él y su mente sobrevoló el tiempo, los muros y las barreras. Volvía a estar fuera, en su barrio, cerca de ella. Percibió hojas amarillas y charcos, colores terrosos y olor a humedad. La luz de la tarde disminuyendo mientras las farolas del parque comenzaban a encenderse una tras otra.

Estaba en su café de siempre, junto al río, esperando algún encargo o alguna chapuza, pero la crisis no perdonaba a nadie. Desde su sitio favorito, al final de la barra, podía ver las barcazas que se deslizaban lentamente y también a las personas que entraban agradeciendo el calor. Así la vio aquella primera vez. Entró sola, como ausente y se sentó en la mesa del rincón junto a la ventana, esa que siempre permanecía en penumbras. Ni siquiera se quitó el abrigo, solo se sentó y ocultó su cara entre las manos. Estuvo un rato sin consumir nada y súbitamente se levantó y se marchó.

Pasaron bastantes tardes en las que la secuencia se repitió prácticamente sin cambios, hasta que él se atrevió a cercarse.

—¿Quieres tomar un café conmigo? –le dijo en voz baja al acercarse.

Se encogió, como si esperase un golpe, antes de alzar la cabeza y mirarle a los ojos. Aun con la escasa luz pudo ver el hematoma de su mejilla y comprendió. Esa tarde no conversaron, pero se sentaron juntos y ella levantó la cara alguna vez para observarle.

Consiguió que hablara después de bastantes cafés. Al principio de cosas banales, del tiempo, de qué película te gusta y otras similares. Poco a poco fue abriéndose y contando su historia, la historia de siempre, la historia de muchas.  El enamoramiento de un príncipe azul que se convirtió en tirano, los celos, el control progresivo, los gritos y finalmente las agresiones. Su única escapatoria eran esos pocos momentos en los que su ausencia estaba justificada y podía estar sola y libre.

La última vez que estuvieron juntos le pareció ver una sombra tras el cristal. La tarde siguiente ella no apareció, ni al otro día. Al tercero, el periódico vespertino recogía la noticia y su esquela.

Tardó un tiempo, pero lo encontró.

—Barry, es la hora. Ya sabes el procedimiento, de espaldas a la puerta y las manos atrás.

La voz del alcaide le devolvió a la realidad. Salió caminando despacio, los grilletes le impedían otra manera, dirigiéndose hacia el final del pasillo.

Clang, clang, clang, un sonido metálico que iba en aumento a medida que pasaba por delante de las celdas le acompañó. No lo necesitaba, pero el respeto carcelario le ayudó a mantener alta la cabeza hasta cruzar la puerta verde.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra

Valladolid, 16/07/2017

 

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