Mi calle

 

Pasaron del paseo a la espera,

de la complicidad al vacío,

solo laborables, mañana y tarde,

junto a la acera.

Alto, enteco y serio,

silencioso contempla el mundo,

mientras fuma.

Menuda y encorvada, ella mira el suelo,

o el infinito, o nada.

Mañanas y tardes,

palpita mi calle, atestada,

gritos y carreras, coches familiares,

carritos, mochilas, tristes furgones.

Los niños van a la escuela,

los ancianos, a saber dónde.

Luego, por la tarde, todo a la inversa,

los ancianos regresan, los niños a casa.

Los días trascurren,

ella está distinta,

quizá su mirada o como se inclina.

Una triste esquela,

aquel furgón negro,

dejamos de verlos junto a la acera.

Mientras, en la calle,

sigue la rutina,

coches con infantes y tristes furgones,

acotan la vida.

 

Valladolid, 1/03/2017

Bartolomé Zuzama.

 

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