La aldea

 

La comitiva portaba el cadáver en andas hacia el cementerio del pueblo. En completo silencio, los escasos habitantes se repartían a ambos lados de la calle principal con la vista perdida, las bocas entreabiertas y, en algunos casos, un hilillo de baba resbalando por la barbilla. Si se observaba con detenimiento, determinados rasgos se repetían en muchos de ellos.

Por lo que había oído en la taberna, la muerta, una joven que todavía no había cumplido quince primaveras, había aparecido entre los árboles, junto al riachuelo. Tras varias muertes poco claras, el juez del condado me había ordenado investigar qué ocurría en la aldea.

Mi deshilachada casaca roja destacaba entre los lugareños y me identificaba como forastero.  Notaba que había atraído más de una de aquellas miradas, que aunque vacías, parecían percibir un cambio en la monotonía diaria. Aquella aldea, perdida en las montañas, había crecido junto a una mina de plomo que ahora languidecía rumbo a su agotamiento.

El golpe llegó desde atrás, sin mediar aviso, y me derrumbé como un saco.

La conciencia fue retornando poco a poco. Estaba en alguna cabaña cuya oscuridad era combatida por un candil colgado en la pared y una hoguera. Sobre ella, algo hervía en una gran cazuela, ennegrecida por el uso, que colgaba de un soporte.

Yo pendía de una de las vigas sujeto por ligaduras bajo mis brazos y por alguna razón mi cuerpo estaba como adormecido desde cintura para abajo.

Sentados en banquetas alrededor de la hoguera, una mujer y dos niños de corta edad observaban fijamente la cazuela en completo silencio. Ella se levantó y cogió de la mesa una bandeja de peltre que había sido blanca. Tras remover en el interior de la cazuela con un cucharón de madera depositó en la bandeja dos masas de carne blanca. Con el cucharón separó la carne del hueso y la repartió en tres platos de aluminio que habían conocido más limpieza.

Tras bendecir la comida y antes de dar el primer mordisco elevaron sus ojos hacia mí y en el fondo de sus miradas descubrí gratitud. Su despensa se había llenado y podrían resistir otro invierno. También descubrí que yo era su despensa y que lo que iban a comerse eran mis pies.

 

Bartolomé Zuzama. 20 de junio de 2016.

 

 

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