Caballo Viejo

 

Como cada mañana antes de comer, Sebastián pasea desde su casa hasta el muelle viejo para ver los barcos. Aunque intenta mantenerse erguido, va arrastrando sus anquilosadas piernas a lo largo del paseo bordeado de palmeras.

Esto no me pasaba hace años, cuando trabajábamos de sol a sol en el pueblo, antes de la guerra. Ya no valgo más que para arrastrarme agarrado al bastón y esperar la muerte.

En el paseo se ha producido un alboroto, uno de los caballos que tiraba del tranvía se ha desplomado y de nada han servido los juramentos y latigazos del conductor, el animal no iba a volver a tirar junto con sus compañeros.

Esto es lo que me espera. Seguro que cualquier día me fallará algo, me desplomaré como ese pobre penco y me encontrarán tirado en cualquier callejón. Espero que por lo menos nadie me dé de latigazos para intentar reanimarme.

Sebastián ha llegado al final de su recorrido y con la poca agilidad que todavía le queda se sienta en el velador del Café Nacional que habitualmente ocupa. No tardará en acercarse Rosita, con su café bautizado con cazalla, como sabe que le gusta. Después, tras la lectura de la prensa diaria, emprende el regreso a casa, saludando a viejos conocidos con discretas inclinaciones de cabeza. Ya le van quedando muy pocos.

Juan apaga su ordenador, la película está casi terminada. Tiene que pulir un poco más la escena de la muerte del caballo, no quiere tener problemas con los animalistas.

Cuando encontró aquel viejo diario rebuscando en el desván de la casa del pueblo, no pensó que detrás habría una historia tan interesante. Al indagar con más empeño pudo comprobar que una parte de su familia no la conocía y que otra, la más veterana, la había ocultado para evitarse problemas.

El viejo caballo del final de la historia no tenía nada que ver con el joven león que, ya de uniforme y al grito de “o todos o ninguno”, se negó a embarcar para morir en Melilla mientras los hijos de los ricos se libraran pagando o mandando a alguien en su lugar. Sus dolores no solo tenían que ver con la edad, la humedad del penal de La Mola también había ayudado.

Poco a poco el amanecer va iluminando la bahía y al fondo, destacando sobre el mar, comienzan a distinguirse los acantilados de Cabo Blanco.

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 25 de noviembre de 2017.   

 

 

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