El rostro que nos mira

 

Su mirada se diluía en la luz que chocaba contra el alféizar. Giró su rostro hacia el ovalado espejo y continuó la tarea: pintarse con mucho esmero y, soñar…

Para que la lluvia, con sus gotitas de agua, no fuera capaz de derretir ese personaje inventado; para no ahogar su corazón abatido que, aún latía.

Caminó despacio, atrapado por la soledad de la calle, y llegó a su rincón favorito de cada día; el que habitaba, optimista, pese a todo.

Al rato, esa calle se abarrotó de turistas. Alguien, con una cámara, capturaba la instantánea perfecta.

Encandilada, se detuvo e hizo clic…; superando la belleza. No era efímero, ni invisible; aunque el resto, pasara sin detenerse.

Un guiño, un mohín, una sonrisa de sus labios de fresa. Ella, dejó unas monedas en su caja; suspiros que gritaban su nombre…

Triste mimo.

Existes en mi ciudad.

Y Toledo se estremece de esperanza…

 

                                                                                           Ana María Chiquito

 

 

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