Cántame una nana

 

Parecía que el tiempo se había detenido para siempre. Incluso el viento, ni siquiera, se quejaba como antes. Estaba callado, dormitando sigiloso entre los huérfanos muros que se sostenían pese al abandono; meciéndose entre las sombrías ruinas que quedaron atrapadas por la vegetación reseca. Tampoco suspiraba ya por aquellos molinos vestidos de cal; harineros, enterrados en su propio polvo de blanco y nácar; vulnerables, gastados y mudos, envejecidos; resistiendo tras el dolor y la tristeza de los suyos, de todos los que habían partido dejando atrás sus anhelos.

 

Ya no se lloraba por las ausencias; pues la tierra se había abandonado en el olvido, consintiendo tan solo que su eco susurrara a ese viento que, alguna que otra vez, aparecía para golpear despacio; haciendo sentir que aún latía la vida. Aquella vida que un día fue dehesa de abundantes pastos; la que sin prisa, fluía caprichosa en el río de agua clara. La que cantaba una nana en la vieja casona de La Miñosa.

 

¿Es el recuerdo el que duerme en el olvido?

 

Me lo pregunté, melancólico, en el silencio del atardecer mientras contemplaba aquel paisaje vacío. Entonces, apartando mi pesada maleta, me agaché con brío para acariciar la tierra que me vio nacer. Cogí un puñado con mis manos y aferrándome a ella, la apreté con fuerza para que, no escapara entre mis dedos y, otra vez, volara sin decir nada.

 

Y sentí su olor al caer la lluvia, su candor cuando abrasaba el sol y el sudor de su rostro cuando se la araba; ostentando su sutil belleza.

 

Reviví todo con añoranza…; queriendo escuchar sin pausas, su nana bajo las estrellas.

                                                                  Ana María Chiquito Román

 

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