¡Respira!

 

Escribo estas líneas para que cuando acabe esta pesadilla, el que las lea pueda saber qué ha ocurrido aquí exactamente. Nadie valora lo que tiene, hasta que lo pierde.

          Me encontraba caminando por el parque con la mochila echada al hombro en lo que se suponía iba a ser una mañana agradable. El sol primaveral era intenso, con fuerza suficiente para enrojecer la piel donde la ropa no alcanzaba a cubrir. No era el único que caminaba por allí, al menos unas quince personas también aprovechaban para hacer deporte o pasear a su perro. Los árboles que rodeaban los caminos del parque proyectaban su sombra sólo hasta los límites del sendero, donde la arena daba paso a la zona de hierba sobre la que se encontraban. Yo caminaba por esta parte para así protegerme del calor.

          Entonces comenzó. El primero en caer fue un joven con mallas y deportivas que corría por el centro del camino. Observé cómo iba aminorando la marcha hasta detenerse. Se echó las manos al pecho y dobló la cintura hacia delante. Tras varios intentos para coger aire, cayó de rodillas al suelo y se desplomó. Me asusté por él. Intenté acercarme, pero cuando apenas llevaba tres pasos recorridos, comencé a notar algo yo también. Era una sensación de lo más extraña. Mis pulmones se llenaban de aire, aunque notaba que no era suficiente, que mi cuerpo no recibía oxígeno. Daba bocanadas desesperadas mientras miraba a mi alrededor buscando algún tipo de ayuda. Cayó un pájaro muerto delante de mí al que le siguieron decenas por todo el parque. Había gente por los suelos luchando por respirar, agonizando. A lo lejos, dos coches se empotraban contra la hilera de vehículos aparcados. Me mareé y caí hacia un lado, sobre la hierba.

          Un minuto después yo seguía vivo. Un hombre y su perro yacían en el suelo al igual que el resto de personas que había en el parque. En un primer momento no comprendí porqué seguía respirando, porqué era el único que aún estaba consciente. Respiré hondo. Noté cómo mi cuerpo demandaba menos oxígeno. En aquel silencio, me llamó la atención el canto de un pájaro. Miré hacia arriba al árbol que tenía justo sobre mí. Él también estaba vivo a diferencia de sus amigos. En ese momento el pájaro echó a volar para caer muerto a los pocos segundos. Entonces comprendí qué ocurría. Me incorporé y di dos pasos hacia el árbol para colocarme junto al tronco. Ahora respiraba con total normalidad.

          A mi alrededor sólo lograba ver los cuerpos sin vida de personas y animales que se encontraban apartados de los árboles, esparcidos por los caminos centrales del parque. Grité, grité con todas mis fuerzas, grité desesperado con la esperanza de no ser la única persona viva. Nadie respondía, no se oía nada. Entonces saqué mi teléfono móvil y llamé a mi padre para comprobar que se encontraba bien. No contestó. Me invadieron pensamientos negativos. ¿Toda mi familia estaba muerta? Debía salir de allí cuanto antes y llegar a casa. Pero, ¿cómo podría moverme si el árbol más próximo estaba a veinte pasos? Dando por hecho que tarde o temprano acabaría igual que el resto de cadáveres del parque, aunque en mi caso de sed, decidí sacar un cuaderno de mi mochila y escribir estas líneas bajo la sombra del árbol que me salvó la vida.

 

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