Lanctarbon

 

          Los primeros rayos de luz atravesaban el gran manto de vapor que cubría la ciudad de Lanctarbon. Las horas de claridad eran escasas y los habitantes abarrotaban desde bientemprano las calles por la llegada del mercado ambulante a la ciudad. Cada cincuenta días y durante una semana, los mejores productos de toda la península se ponían a la venta de manos de los mercaderes. Era la oportunidad para adquirir productos de ciudades como Calindan o la lejana villa portuaria de Tarkosh.

          Cantón Hudson, un joven lleno de vitalidad, salía de casa con una chaqueta de color pardo y unos pantalones blancos. Llevaba consigo varias bolsas de tela amarradas a su brazo en dirección hacia el centro de la ciudad donde se encontraban los puestos de los recién llegados mercaderes. Días antes de su llegada, Cantón siempre se inquietaba y pensaba en los posibles nuevos productos que podría ver procedentes de tierras para él aún desconocidas. Dobló dos calles y continuó por una callejuela que desembocaba en la avenida donde se encontraban los puestos.

          Se topó con un hombre a mitad de la calle. Llevaba una gabardina oscura que le cubría hasta las rodillas y dejaba entrever una coraza amarillenta y bastante abollada. El hombre se tambaleaba al caminar, probablemente borracho tras una noche larga en las tabernas de la zona. Se apoyó a duras penas con una mano en la pared y fijó la vista en el muchacho.

—¡Oye tú!—voceó.—¡Tú eres el hijo de ese noble de mierda!

—¿Qué noble, señor?

—Ese que vive a nuestra costa en La Ciudadela. ¡Los de aquí le importamos un carajo!

—Creo que me confunde, señor.

Cantón echó a andar de nuevo.

—No, no me confundo—prosiguió.

El hombre se arremangó el brazo izquierdo de la gabardina. Mostró un artilugio que le cubría todo el antebrazo hasta la mano.

—Tu padre es Tulh. Lo sé.

Cantón se detuvo en seco. Reconocía esa arma. No era la primera vez que la veía, pero jamás le habían apuntado con una.

—¿Qué quiere de mí?

Trató de mostrarse calmado.

—Tu padre nos está jodiendo. A mí y a todos los que aquí vivimos.

Puso un pie atrás para mantener el equilibrio, resbaló con uno de los adoquines e impactó de espaldas contra la pared que le sostenía.

Cantón aprovechó aquella oportunidad y corrió hacia la avenida sin volver la cabeza.

¡Caeréis, traidores!, escuchó a lo lejos.

 

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