Lanctarbon 2

 

          El mercado de Lanctarbon se reducía a un centenar de pequeñas carpas colocadas en hilera a ambos lados de la avenida principal de la ciudad. Todas ellas tenían toldos de diferentes colores, agrupados por zonas, según la mercancía que vendían, con el fin de facilitar a los clientes la localización de los productos que deseaban.

           El género más distintivo de cada región se exponía en el interior de las carpas, muchos de ellos en mostradores cubiertos por un grueso cristal para así evitar robos. En general, las familias del gremio mercader eran muy desconfiadas. Además de viajar de una ciudad a otra cuidándose de los bandidos durante los trayectos, también debían tratar con los pícaros del resto de gremios que intentaban colocarles sus productos a precios desorbitados. La función de un mercader al fin y al cabo, era comprar la mercancía y asegurarse de que todo aquello se distribuía por las ciudades, pero asumiendo todo el riesgo por el camino. Si no fuera por los mercaderes, el resto de gremios tendrían que volver al trueque para sobrevivir entre ellos.

           La avenida se llenaba de a poco con afluentes de personas que desembocaban en la avenida desde las numerosas callejuelas. Había jóvenes con listas de la compra en la mano, hombres que se detenían en cada puesto a observar la mercancía y mujeres elegantes exhibiendo largos trajes en forma de copa. Todos iban en busca de los productos más peculiares y exóticos que su bolsillo se pudiera permitir.

          Cantón comenzó su ruta por los puestos de comida. Encontró muchos tipos de peces colocados sobre montones de hielo para que se conservaran frescos. Se acercó un poco más a admirar unos gigantescos barbos del río Azur. Había escuchado que era donde se encontraba el mejor género de agua dulce. Continuó su marcha hasta llegar a los puestos de toldo marrón, que eran los que él pretendía. Los puestos de armas. Cantón podía pasarse horas y horas contemplando hachas, espadas y artilugios mecánicos muy variopintos pensados para la batalla. Aún no había cumplido los dieciséis, pero tenía claro cuál sería su primer arma: la navaja Colt. A simple vista parecía una navaja normal y corriente, pero oculto en el mango tenía acoplado un diminuto cañón que disparaba perdigones de bajo calibre. Era perfecta para defenderse de posibles asaltantes o borrachos con ganas de bronca.

 —¡Señor Hudson! Un hombre corpulento corrió abriéndose paso entre la multitud. Algunos pusieron malas caras y farfullaron algún insulto.

—Mierda, me ha encontrado...—masculló Cantón.

 

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