La cueva

 

          El último tramo de montaña se hizo muy duro. Desde que divisamos la cueva en lo alto de la ladera nevada, como una figura negra, solitaria, en contraste con el manto blanco que se extendía por todas partes, daba la impresión de que el ascenso iba más lento y que no llegaríamos nunca hasta allí. Aquella cueva daba acceso al interior de la imponente montaña Kjuta. Tras tres días pasando un frío extremo y sobreviviendo a fuertes ventiscas de nieve, una ola de alegría me invadió por primera vez. También influyó el hecho de saber que la cueva nos proporcionaría cobijo, aislándonos de aquella locura de nieve. Nos encontrábamos a unos doscientos metros de la entrada. La pendiente tan pronunciada retrasaba nuestro avance que se hacía más duro a cada paso que dábamos. Durante el ascenso, la nieve golpeaba con fuerza y sin tregua nuestros rostros, como si el viento quisiera alejarnos de allí. Sabiendo lo que nos aguardaba, lo veía como un acto de piedad de la naturaleza. ¡No entréis!

           Una vez arriba, resguardados en la abertura de la roca que nos llevaba al corazón de la montaña, comenzamos a prepararnos. Habían transcurrido dos semanas desde que los seis exploradores de la primera partida se despidieran de sus familiares y amigos antes de emprender la marcha hacia las alturas. Desde entonces jamás volvieron a dar señales de vida. ¡Maldita la hora en la que se descubrió este lugar! El ansia de conocimiento del ser humano es mayor que el lamento por las víctimas que arrastraba. Mis compañeros sacaron todo tipo de artilugios para explorar el interior con mayor seguridad. Las fotografías térmicas tomadas desde el exterior indicaban que había vida dentro, sin embargo, no supieron certificar si eran vidas humanas. Íbamos armados, aunque sólo fuera para crearnos una falsa sensación de seguridad. ¿Seríamos los siguientes en desaparecer para siempre entre aquellos túneles?

          Los diez miembros del equipo nos adentramos en la oscuridad de la montaña. La única luz que nos permitía ver por dónde pisábamos era la de nuestras linternas. Unos metros más adelante el camino lo guiaba un pequeño coche teledirigido con una cámara en la parte superior y dos focos que alumbraban gran parte de los pasillos de la cueva. Atrás quedaban los días de nieve y frío que entumecían los dedos. En el interior de aquella montaña el calor era reconfortante después de lo vivido fuera. Aunque también asustaba. ¿De dónde vendría?

          Caminamos durante tres horas hasta aproximarnos a la primera bifurcación. El calor se volvía más intenso cuantos más metros avanzábamos. Pasó de ser agradable a asfixiante. Además allí dentro no corría el aire. El soldado que llevaba la videocámara del coche nos hizo detener. Se veía una luz en la cámara. Acercó el vehículo un poco más, con lentitud, tratando de no hacer ruido impactando contra alguna roca. Era una hoguera. ¿Una hoguera en aquel lugar? Una mano con largas garras se interpuso entre el coche y el fuego. Oímos un fuerte golpe y la imagen desapareció. Acto seguido sobrevino un grito. Me quedé paralizada. Aquel estruendo que retumbó en toda la cueva provenía con toda seguridad de algún animal, alguna criatura. Era tan agudo que me hizo perder el equilibrio y apoyarme en la pared de roca para no caer. Oímos pisadas que se movían a toda velocidad, aproximándose hacia nosotros. Segundos después lo teníamos delante de nuestras narices.

 

 

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