La caseta en el árbol

 

La sangre viscosa avanzaba con lentitud cubriendo los tablones de madera del suelo de la caseta. Se expandía en todas direcciones, como si quisiera abarcarlo todo. Al topar con las diminutas ranuras entre tablón y tablón se detenía durante fracciones de segundo y continuaba su avance implacable. Se dirigía hacia mí. Si no me apartaba, todo ese reguero rojo me alcanzaría. Era la primera vez que veía tanta sangre nacer de un mismo punto. No quería ensuciarme los zapatos nuevos que me había comprado mamá para este día tan especial. Mamá llevaba hablando de ello todo el año desde que Andrea lo anunció. No entendía porqué si ella y Kike llevaban juntos desde hacía tantísimo tiempo, tenían que hacer una fiesta e invitar a toda la familia. ¿Acaso lo mantenían en secreto? ¡Si se daban besos delante de todos y nunca se llamaban por sus nombres! Siempre cari o amor o tesoro. Pero a mamá le hacía mucha ilusión esta fiesta y me encantaba verla feliz y sonriente.

La sangre había avanzado tanto que casi tocaba la punta de mis zapatos. Di un brinco hacia mi izquierda. A mitad del salto, me di cuenta de que la sangre había cubierto toda esa parte del suelo. No pude evitar pisar de lleno. Al caer, la sangre salpicó manchando la parte baja de mi pantalón. Entre en pánico. Mamá se enfadaría mucho si viera lo que he hecho con la ropa y los zapatos nuevos. No quería verla triste. No en este día tan radiante para ella.

Aunque la culpa fuera de Luis, que es quien ha puesto todo perdido de sangre, sé que mamá me culpará a mí.

Mi primo es el bueno, el que hace todo bien. No me creyó cuando le expliqué que fue él quien me dijo que pusiera papel en el lavabo y dejara el grifo abierto. No me creyó cuando le conté que fue él quien me dijo que diéramos volteretas en el charco del jardín aunque él luego no lo hizo. No me creyó cuando le dije que fue él quien me convenció para volcar el salero en las fuentes con la cena de nochebuena. No me creyó.

 Ahora no me creerán cuando les cuente que ha sido él quien ha manchado todo.

 Solté la piedra que aún agarraba con fuerza en la mano. Impactó en la madera y volvió a salpicar todo. Corrí hacia la escalera para bajar de la caseta en el árbol.

Estaban todos riendo y hablando en el jardín, pero al acercarme me miraron asustados. ¿Y Luis? Me preguntaron.

 

 

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