Kvelertak 2

 

 

De algunas de las tiendas comenzaron a emerger bandidos atraídos por las voces. Todos llevaban algún tipo de arma que sostenían con fuerza: cuchillos de cocina, pequeñas hachas e incluso pistolas que podían ocultarse con facilidad bajo la manga.

 

Ver a toda aquella gente provocó pequeñas reacciones y murmullos entre los soldados. Había incluso niños entre la población, pero aquello no disuadió a los hombres de Nelson de tener sus armas listas para abrir fuego si la situación lo requería.

 

—Decidme, ¿qué hacéiz aquí?—Deslizó el dedo pulgar a lo largo de una de las cicatrices de su cara.

—Venimos a comprobar que este planeta es apto para la colonización.—Nelson miró hacia el cielo y luego hacia su alrededor.—Parece que se nos adelantaron. ¿Cómo habéis conseguido terraformar este sitio?

—¿Creéiz que zoiz losh únicosh con navez Terra? Llevamosh máz de veinte añosh eztándarez viviendo aquí.

—Comprendo.—Nelson se dirigió a otro de sus hombres.—Sargento Pete, vuelva a la Octavia y comunique que este planeta ya ha sido colonizado por bandidos.

—¡Quieto ahí!—exclamó, al tiempo que levantaba el brazo.—Aquí nadie va a avizar de nada. ¿Creez que zoy tonto? ¿Que no zé que en cueztión de zemanaz vendrán máz como vozotrosh a echarnosh?

 

A medida que pasaban los minutos, el poblado comenzó a abarrotarse de gente. Los más robustos y curtidos en batalla se pusieron al frente sin disimular un ápice sus ansias por entrar en acción. El sonido de carga de los fusiles fue la respuesta de los soldados.

—¿Qué sugieres entonces? Mi deber es informar al centro de mando de que este lugar ya está ocupado. No depende de mí si después deciden colonizarlo.

—Zugiero que obviéiz la parte en la que nosh tacháiz de bandidoz.

—¿Y cómo sabrás si no he informado de ello una vez nos marchemos?

—Porque nosh quedaremosh con uno de tuz hombrez.

Los soldados comenzaron a mirarse entre sí y a murmurar.

—¡Basta!—ordenó el comandante a sus hombres. Volvió a dirigirse al hombre de las cicatrices.—¿Para qué? Si te quedas con uno de ellos, mandarán tropas en su rescate y entonces sí que os echarán de aquí.

—Tienez razón.—Se quedó pensativo durante unos largos segundos.—En eze cazo me quedaré con todosh vozotrosh.

 

En ese preciso instante, la mujer desenfundó un cuchillo de unos treinta centímetros y la figura de traje negro agarró el hacha con las dos manos. Se descubrió la cara. Su rostro estaba totalmente abrasado, aunque se podía intuir que se trataba de un hombre.

—Vosotros me hicisteis esto.—Su voz era muy grave. Posiblemente por efecto de las quemaduras en sus cuerdas vocales.—Jamás me someteré a la doctrina de los que me dejaron con este aspecto.

 

Los soldados, en respuesta, apuntaron a los bandidos. El líder del poblado no tardó en dar la señal de ataque. Nelson reaccionó ordenando abrir fuego.

 

 

 

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