Kvelertak

 

 

El comandante Nelson aterriza con sus hombres en Kvelertak. Su misión es sencilla y rutinaria: deben realizar mediciones para comprobar si es posible su colonización. Cuando llegan, descubren que hay una pequeña colonia de bandidos viviendo allí. Nelson y sus hombres descienden de la nave y se acercan al poblado para hablar con el líder.. Aunque en toda la galaxia se habla el mismo idioma, los dialectos son bastante frecuentes. —Soy el comandante Nelson de la Octavia—pronunció en alto. Decenas de hombres y mujeres vestidos con harapos roídos y deshilachados miraban fijamente al comandante y sus hombres.—Quiero hablar con vuestro líder, si es que tenéis alguno. Nadie contestó. Sólo se escuchó alguna tos lejana y el sonido metálico de utensilios de cocina. Uno de los hombres de la tripulación movió la arena con el pie, rompiendo con el sepulcral silencio por momentos. Las personas del poblado observaban inmóviles e impasibles a aquellos soldados, con caras de haber visto un grupo de fantasmas, pero sin miedo alguno. —¡Vaya, vaya! —se escuchó. Un hombre con la tez llena de cicatrices y con los músculos bien marcados, emergió de entre las tiendas de tela que abarrotaban la zona. Detrás de él iban una mujer alta y bastante delgada, y una figura enfundada en un traje negro que le cubría de pies a cabeza. La mujer llevaba la boca tapada con un pañuelo a cuadros blancos y rojos y un cinturón con varios cuchillos de diferentes tamaños. La persona dentro del largo traje negro cargaba con una gigantesca hacha a su espalda. —Pero ci zon zoldadosh de La Unión honrándome con zu vicita. —Deduzco que es usted el líder—afirmó el comandante—. ¿O me equivoco? —¿Líder? —Comenzó a reír a carcajadas y escupió al suelo, como si el hecho de pronunciar aquella palabra le disgustase.—Vozotrosh ziempre con vueztra jerarquía y vueztraz órdenez. Aquí no hay liderez.—Señaló con el pulgar hacia atrás en dirección al poblado.—Aquí cada uno conzigue lo que puede y yo tan zólo me encargo de diztribuirlo. —¿Conseguir?—exclamó uno de los hombres de Nelson.—Parece que aquí la gente confunde el término con saquear. —¿Y tú quién erez?—preguntó el hombre. En ese momento la mujer deslizó con sigilo la mano hasta su cintura. —¡Soldado!—Nelson giró la cabeza en dirección al hombre que acababa de intervenir.—Nadie le ha dado permiso para hablar.—El soldado se cuadró y miró al frente.

 

 

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