Camino al caserón

 

 

Recuerdo que era agosto cuando ocurrió. Aquella mañana salí a caminar muy temprano. Hacía muy buen tiempo, soleado, sin que aún apretara el calor. Paseaba por el camino de tierra junto a la carretera de entrada y salida al pueblo. Cuando llevaba algo más de kilómetro y medio —lo sé por las señales de kilometraje de la carretera—me pareció ver algo a mi izquierda. Un remolino comenzó a levantar una fuerte polvareda. Aunque me encontraba a varios metros de distancia tuve que cubrirme los ojos con el brazo para protegerme. Una vez terminó, me descubrí la cara, miré a mi alrededor y me sorprendí al ver una enorme casa plantada allí en medio.

          El caserón tenía aspecto antiguo, como si tuviera cientos de años y jamás se hubiera preocupado nadie de cuidarla. En un primer momento, pensé que el viento había desempolvado aquella vivienda dejándola a la vista. Pero aquello era ridículo, ¿cómo no me había fijado antes? No era la primera vez que pasaba por allí y por el aspecto que tenía, no la habían construido hacía poco. La curiosidad pudo conmigo. Me acerqué hasta las escaleras y ojeé desde abajo por si había alguien dentro. Las ventanas estaban tapadas por cortinas opacas, así que decidí entrar. Subí despacio uno a uno todos los peldaños hasta llegar al umbral de la puerta. Llamé. En el fondo tenía miedo, no sabía qué tipo de gente podría vivir allí. La puerta cedió al golpearla con los nudillos, quedando entreabierta.

—¿Hola?

Una tremenda inseguridad me invadió en el mismo instante en que alcé la voz. Si alguien respondía, ¿qué le iba a decir? Realmente no tenía ningún pretexto para acercarme a aquella casa, excepto mi simple curiosidad por no haberla visto antes. Me tomarían por loco. Pero ya era demasiado tarde para dar media vuelta, me verían marchar y resultaría aún más extraño, o me tomarían por el típico bromista que llama y se escabulle.

Nadie contestó. Decidí entonces marcharme de allí y seguir con mi paseo.

—Pase, por favor. No se vaya.

La voz sonó como la de un anciano. Era grave pero en un volumen bajo, como si le costara articular palabra. Empujé la puerta con suavidad y di un paso al frente. Vi al viejo parado frente a mí. Me miraba fijamente, incrédulo, con los ojos como platos y la boca abierta de par en par, como si fuera la primera persona que hubiera visto en años.

—¿Se encuentra usted bien?

No me quitaba ojo de encima. Di otro paso. Me encontraba ya en el interior del hall. En ese momento la cara del anciano cambió radicalmente. Cerró la boca y dibujó una amplia sonrisa, sus ojos brillaron. Se abalanzó sobre la puerta. Me aparté hacia un lado para que no me arrollara. Según cruzó la puerta se cerró con un fuerte golpetazo. Traté de abrirla para seguir a aquel extraño hombre, pero estaba atascada. Retiré la cortina y me asomé por una de las ventanas. Le vi correr, como si repentinamente hubiera rejuvenecido cincuenta años. Ya que la puerta no se abría, me volví para buscar algún objeto con el que romper la ventana. Fue entonces cuando me percaté del enigmático lugar en el que estaba.

 

 

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