Arghonam

 

Arghonam, pueblo por muchos temido y por otros, entre los que yo me encuentro, admirado. No por encontrar un tesoro oculto, el cual, si lo hubiera, apuesto a que sería tan espeluznante que corrompería el alma de cualquier desgraciado errante que lo hallara. Lo que realmente me impulsa es el deseo de comprobar que las leyendas, cuentos e historias que se narran sobre este pueblo son reales. Que realmente hace trescientos años las veinte familias que aquí vivían desaparecieron de manera misteriosa. Me mueve el deseo de ser el primero en averiguar qué les pasó, dónde están. Si simplemente se desvanecieron y ahora son uno con la atmósfera de este lugar, lo que explicaría las extrañas sensaciones que se agolpan en mi corazón y que me provocan estos mareos, esta presión en el pecho a medida que me voy adentrando. Cuanto más avanzo por el camino empedrado que lleva al corazón del pueblo, más se oscurece el mismísimo cielo a un ritmo enigmático.

 

Ya veo la catedral. Imponente, con las gárgolas desmembradas y desgastadas por el tiempo. Con la mitad del campanario derrumbado sobre sí mismo. Aquí estoy. Lo que me ha movido a haber recorrido tantos kilómetros para llegar hasta aquí, a las puertas de esta desmoronada catedral, es la certeza de que en algún lugar de la misma se hallan los cuerpos de los miembros de aquellas familias desaparecidas. No es que lo sepa porque haya encontrado una pista que me guiara hasta aquí; simplemente lo sé. Nunca antes en mi vida había escuchado el nombre ni las historias de este pueblo hasta hace dos días cuando, tras despertar de una horrible noche de pesadillas, lo único que tenía en la cabeza eran el nombre de Arghonam y la imagen de su catedral. ¿Cómo he descubierto el camino hasta aquí? Es igualmente inexplicable. Los vecinos de los pueblos que encontré en mi camino me narraban historias macabras y trataban de persuadirme de no pisar este lugar abandonado, pero yo, en mi interior, sabía cómo llegar. ¿Será el propio pueblo el que busca y atrae a los hombres en sus sueños, ese estado donde el ser humano se encuentra más vulnerable? ¿Será que aquellas familias desaparecidas despertaron algo horrible, que ahora necesita saciar su hambre? ¿Me convertiré en una víctima más?

 

Lo que sé con certeza es que no puedo volver atrás. No es que no quiera, es que algo me impide girar y dar media vuelta, o incluso caminar hacia atrás. Es tal la fuerza de este lugar, que comencé estas páginas a quinientos metros de la catedral, desde donde pude divisar con claridad sus enormes puertas, entonces cerradas, y ahora me encuentro subiendo los escalones hacia su interior, con los portones completamente abiertos, pero incapaz de distinguir nada en el interior. La oscuridad, el negro profundo, da la sensación de ser un ente real, vivo.

 

 

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